Que fue en Medina, sí, sí…

Por Miguel Lozano/TurismoPlus.ORG

Cuando en 1490 Santa Teresa de Jesús viajó a Medina del Campo, en la comunidad autónoma española de Castilla y León, dejó constancia escrita de la existencia de una tradición que aún pueden ver hoy los visitantes: el traslado y encierro de toros.

Cada año del 2 al 8 de septiembre, en coincidencia con la fiesta de San Antolín, la ciudad, en la provincia de Valladolid, se desborda hacia los campos cercanos y también llena las calles y la plaza de toros para presenciar una pugna singular entre el hombre y el toro.

Es necesario aclarar que no se trata de una corrida de toros, sino de una exhibición tal vez menos llamativa pero probablemente más justa, porque el hombre se enfrenta al animal sin espada ni banderillas y solo depende de sus habilidades.

Se trata de un juego para valientes, vestidos sin trajes de luces, que en la plaza entran al ruedo para competir con los toros lo más cerca posible del animal.

Se les llama “cortadores”, porque para evitar la cornada solo dependen de la velocidad de sus piernas y su capacidad para “cortar” (esquivar) la embestida del animal.

Frente a quienes critican esta práctica, sus defensores en Medina del Campo argumentan que en los encierros el animal no sangra ni es agredido con espadas y banderillas como en las corridas.

Probablemente se trata de la fiesta taurina más noble en la que el hombre se enfrenta al toro sin espadas, banderillas, ni trajes de luces, una modalidad también practicada en otras ciudades españolas.

El encierro comienza temprano en la madrugada, con el traslado de los animales a la plaza de toros de la ciudad por un trayecto de unos 4 kilómetros.

Aunque son arriados básicamente por caballistas (jinetes), como antaño, la vida moderna ha ido añadiendo algunas variantes y cualquier medio de transporte es bueno para seguir las incidencias: automóviles, camiones, motos o bicicletas.

A los toros que llegan a la plaza los esperan los “cortadores”, algunos de ellos con las cicatrices de justas anteriores, que muestran orgullosos, como si se tratara de medallas al valor.

Seguramente no todos estén de acuerdo con la tradición, pero en un país taurino como España viene a ser algo así como practicar un deporte de riesgo.

La tradición parece también menos peligrosa que lances del amor ocurridos en Medina del Campo según la obra de Lope de Vega El Caballero de Olmedo: “Que de noche le mataron/al Caballero,/ la gala de Medina,/la flor de Olmedo”.

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