Islas Cíes o como el turismo se va de la mano

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La industria turística entra en una etapa en la que para algunos destinos el problema no es atraer visitantes, sino controlarlos.

Es el resultado de lo que se ha dado en llamar la masificación del turismo, vista con una carga de negatividad que satura los servicios locales, entorpece la vida diaria de sus pobladores y afecta el medio ambiente.

El fenómeno dio lugar ya a la unión de varias ciudades europeas para enfrentarlo y a veces da la impresión de que se percibe como dañino al turista antes atraído al lugar por la derrama económica que conlleva.

¿Serán signos de que llega al final la burbuja turística en expansión hasta ahora indetenible o de que se requieren bien pensadas políticas para conjugar el interés humano por conocer, los beneficios económicos y la defensa del Medio Ambiente?

La respuesta tendrán que darla los investigadores… y la vida. Pero por lo pronto un caso de estudio es el del  archipiélago de las islas Cíes, en Galicia, que en breve lapso pasó de la masificación a la soledad y el abandono de los visitantes.

La historia comenzó cuando algunos medios como The Guardian y The Telegraph comenzaron a proponer la isla como un destino con las mejores aguas cristalinas y el negocio turístico comenzó a crecer.

Pero en 2017 surgieron las voces de alarma por la masificación que amenazaba la seguridad de los visitantes y afectaba el ecosistema de esta región que aspira a obtener para su Parque Nacional la categoría de Patrimonio de la Humanidad.

La amenaza al medio ambiente y a la seguridad desembocaron en un movimiento que reclamó a la Xunta (gobierno) mayor control turístico, aunque sin acabar con el turismo, una de las principales fuentes de ingresos de la comarca.

Como culpable señalaron a las empresas navieras que ante la falta de vigilancia sobrepasaron los límtes establecidos de 2,200 visitantes diarios y 800 campistas y lo duplicaron

La Xunta (gobierno local) tomo cartas en el asunto, se comenzaron a devolver visitantes, a controlar la venta de boletos, a imponer multas  y se inició un proceso contra las navieras.

Se impusieron multas a 4 navieras por un total de 930,000 euros.

Pero los castigos no resolvieron la situación. Después de los problemas que tuvieron su cúspide en el verano de 2017, los medios locales informaron que un mes antes del inicio de la temporada alta en 2018 no se habían logrado acuerdos para el traslado de pasajeros.

La Xunta y las navieras se metieron en debates sobre horarios, sistema de venta de billetes y otros aspectos que paralizar las reservas todo el período previo al verano con el previsible descenso visitantes.

Hay muchas preguntas en el aire, pero el caso de las Islas Cíes muestra la importancia de analizar bien las políticas turísticas para salvar a la gallina de oro sin matarla y conjugar intereses que protejan el ambiente y beneficien a todas las partes.

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