Las reglas invisibles de la Playa

TurismoPlus.ORG / Foto: (Pixabay)

Es mediodía y el sol brilla sobre las aguas del Caribe, bajo un cielo límpido de un azul tan intenso como el mar. En toda la región y por las playas de todo el planeta, millones de bañistas siguen los ritos del verano. Después de analizarlos en diversas playas, cuando ya está tocando a su fin la temporada, podemos hablarles de cómo seguimos, a menudo sin notarlo, las reglas no escritas de la convivencia sobre la arena

Esta “mar de gente” sobre la arena tiene sus propias reglas de convivencia que ponen límites al marco general de espontaneidad y desinhibición. La costumbre de “delimitar el territorio” implica que todos quieren tener su pedazo de playa “privado” en medio de la muchedumbre.

La mayoría de la gente acude a la playa con la idea de hacer lo que le venga en gana en sus vacaciones, pero aunque cada quien la asume según su comunión, en la arena existen reglas invisibles que no están en ningún manual de buenos modales y sin embargo, casi todos las conocen intuitivamente.

Más aún, la playa es un colectivo en continua evolución, puesto que la gente se agrupa –o separa- por un variopinto entramado de preferencias, gustos y hábitos que la convierte en una comunidad de comunidades, regida por leyes que a la vez unifican y diferencian.

Sociólogos y psicólogos aún no llegan a un consenso, pero muchos creen que durante los primeros días de vacaciones, la playa asume un ambiente similar al de una discoteca, restaurante o cafetería, donde se distinguen dos poblaciones: “habituales” y “flotantes”.

Los primeros vienen todos los años al mismo lugar, suelen tener sus zonas favoritas sobre la arena, sus hijos juegan juntos y han llegado a conocerse mejor después de varios veranos. Los segundos son recién llegados ajenos al contexto general, hasta que las leyes invisibles de la playa les ofrezcan una fisura para entrar, o indiquen a qué grupos pueden afiliarse.

La situación, típica de las playas europeas, es similar a la del tren suburbano de la mañana cuando quienes lo abordan en la misma estación notan la presencia de alguien no habitual en el andén.

Uno de los expertos en el tema, el sociólogo francés Jean-Didier Urbain, autor de “Sobre la playa, hábitos y costumbres balnearias”, afirma que suele pensarse en “la misma playa, el mismo mar”, iguales para todos, pero existen comunidades de vacacionistas tan bien estructuradas que se encuentran cada verano durante años.

Incluso, hay diferencias marcadas entre residentes en la zona y vacacionistas de temporada.

Una de las reglas fundamentales de la playa es no “pasmar” a los enamorados. Mirarlos con insistencia en sus demostraciones de afecto se considera de mal gusto. La playa tiene una calidad de terreno favorable a los coqueteos de vacaciones, en un estado de ánimo más relajado que favorece el encuentro o reaviva las pasiones ya existentes.

Otro aspecto curioso es que los bañistas exhiben públicamente una cantidad de piel no autorizada en otros contextos, pero cuando colocan bolsas, toallas, sombrillas y demás adminículos playeros también delimitan su “territorio familiar o grupal”.

Es como una minúscula vivienda sin paredes donde se recibe con agrado a los amigos, se les brinda merienda, cerveza y café y se mira con desconfianza a los desconocidos que se acercan más allá de la frontera invisible, que oscila entre uno y tres metros en dependencia de la cantidad de personas sobre la arena.

Donde mejor se observa esto es en las villas o moteles de cabañas y chalets, cada verano ocupados por grupos o familias que han desarrollado simpatías y antipatías.

Todos saben que los hijos de fulano son unos atorrantes maleducados, que la señora de mengano tiene un mal gusto increíble, y que el señor gordo que monopoliza las palmeras de la esquina es un demonio de celos con su bella esposa –quince años menor que él.

“Voyeurismos” playeros.

Las miradas son harina de otro costal, pues aunque la playa permite a los varones deleitarse con la anatomía femenina – y recibir pellizcos de la media naranja- también facilita a las mujeres observar discreta o abiertamente la figura masculina casi al desnudo, todo con su propia psicología comunitaria y personal, porque en la playa no sólo se exhibe la piel, sino que se desnudan nuestras pequeñas manías, complejos, vanidades e inseguridades.

Por ejemplo, algunas mujeres demasiado gruesas tratan de cubrirse la cintura con una toalla cuando salen del agua, mientras las que gozan de piernas bellas las exhiben con orgullo – a no ser que medie un marido muy celoso.

Los hombres con más musculatura gustan de expresarla en juegos y ejercicios, se tiran desde puntos altos y nadan con fuerza llamando la atención, mientras los más sedentarios prefieren charlar, leer y escuchar música bajo sus sombrillas.  

Las mujeres cuidan más su entrada y salida en el agua y tienen más “consciencia inconsciente” de la valoración sexual de sus cuerpos bajo la trusa mojada, o las tangas e hilos dentales que dejan muy poco a la imaginación.

De paso, puede asegurarse que los trajes de baño minúsculos son privilegio de las féminas de buena arquitectura corporal, o al menos sobre lo delgado o “llenita” pero bien distribuida, porque casi todas las gordas prefieren la trusa enteriza.

Otra regla importante es que cada cual se ocupa de sus propios asuntos, o los de su grupo. Y quien desee estar en topless puede hacerlo sin atraer miradas demasiado curiosas, siempre que la norma municipal no lo prohíba expresamente

El “topless” tiene también sus propias normas de uso y la mujer que exhibe sus senos trata de elegir el lugar y aspecto de los vecinos, buscando gente parecida a ella y con gustos semejantes.

Además, todas las mujeres no pueden exhibir el pecho al aire, pues la playa es cruel con la piel al desnudo: pechos muy pequeños resultan ridículos, excesivamente grandes atraen demasiado las miradas, y ni hablar de los caídos que inspiran una sonrisa de conmiseración.

Desinhibición social

En fin, la playa tiene un aspecto general que a todos afecta, porque el desprendernos de la ropa nos lleva a cierto grado de desinhibición, y en traje de baño se distingue poco la clase social, profesión, nivel cultural y educacional, si el contacto no va más allá de la mirada.

Por otra parte, el mundo evoluciona y cambia y el auge del turismo en el Caribe trae a estas regiones a muchos de otras latitudes que al estar lejos de casa se sienten más desinhibidos y liberados de hábitos restrictivos.

Demostración de estos cambios es que años atrás, una de las leyes no escritas de la playa en el Caribe era que los nacionales no solían utilizarlas mucho en el “otoño” tropical: el 31 de Agosto estaban repletas y al día siguiente, primero de septiembre, casi vacías.

Sin embargo, sea por el auge del turismo que trae otras costumbres o por los inviernos cada vez más cortos y calientes – dicen que por el calentamiento global – hoy los caribeños siguen su propio lema y disfrutan de la playa durante todo el año.

Leyes que sí están escritas

Sin embargo, si existen leyes escritas que trazan límites al ambiente festivo vacacional. Por ejemplo, en España, aunque existe una Ley de Costas que regula la determinación, protección y utilización del dominio público de las playas, son los Ayuntamientos los responsables de crear sus propias normativas, y cada uno establece un grado de infracción para determinadas prohibiciones.

La diversidad de normas locales puede volver locos a los turistas. Por ejemplo, fumar en la playa de Mogán en las Palmas de Gran Canaria puede costar hasta 450 euros. Evacuar en su orilla o dentro del agua, puede salir casi por 900 euros., y por arrojar colillas en la arena la multa podría ir desde 901 euros hasta 1.800€.

Las mascotas también pueden ser afectadas, pues no todas las playas permiten llevar a los animales de compañía.

En San Sebastián, sólo se permite la entrada de perros lazarillos en compañía de su dueño. En San Pedro de Pinatar (Murcia), pueden multar con hasta 750 € a la persona que acceda a la playa con su perro. El asunto es tan extendido que existe una página en internet, “Red Canina”, que ha elaborado un mapa para que el bañista sepa en qué playas puede disfrutar con su perro.

Otra limitación en algunas playas españolas es la de plantar la sombrilla desde bien temprano para reservarse el puesto, allí donde el municipio o empresas privadas no las ofrecen en alquiler.

En Gandía (Comunidad Valenciana) se prohíbe plantar la sombrilla antes de las 8 de la mañana. También lo prohíben Torrox (Málaga), Almuñécar (Granada) y Torrevieja (Alicante) La sanción puede ir desde 200 hasta 700€.

En el Caribe hay muy pocas playas, si alguna, donde existan limitaciones semejantes, aunque en ciertas áreas se está tomando conciencia ecológica y han promulgado ordenanzas contra el vertido de sustancias contaminantes y dejar basura

Algunas estipulan que no se puede circular con embarcaciones de combustible diesel a determinadas distancias de la costa, y se comprende que la intención es mantener la playa en buenas condiciones.

Richard Potts

Richard Potts

Periodista. Corresponsal en Madrid.

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