La antigua y nueva Moscú

TurismoPlus.ORGFoto: Carmen Cespedosa

El buscador hotelscan.com ha encontrado en Moscú 7,370 alojamientos de los cuales una treintena son de cinco estrellas: Hilton Moscow, Lotte Hotel Moscow, Crowne Plaza World Trade Centre, Swissotel Krasnye Holmy, Marriott Grand, Intercontinental Moscow Tverskaya, Sheraton Palace Moscow, Renaissance Moscow Monarch, Radisson Royal Hotel, entre otros.

A su vez el buscador de vuelos jetcost.es ha encontrado la mejor combinación para viajar desde España a Moscú, gracias a la compañía Air Europa que funciona en código compartido con Aeroflot.

Desde Madrid y Barcelona hay tres conexiones directas diarias y también dos vuelos diarios desde Málaga, Alicante y Valencia.

Pero desde cualquiera de los hoteles, en dependencia del presupuesto, se puede visitar una ciudad que al mismo tiempo es antigua y moderna.

De todos esos años, Moscú, que resistió a Napoleón y a Hitler, ha conservado grandes monumentos cuyo eje central es, sin duda, la Plaza Roja.

Sus 500 metros de largo están marcados por las murallas del Kremlin a un lado y los gigantescos almacenes GUM, el mayor y más lujoso centro comercial de Rusia, al otro.

Cierra uno de los lados estrechos el Museo de Historia, que contribuye con su fachada de ladrillo, como el muro del Kremlin, al nombre de la plaza, y el otro la espectacular catedral de San Basilio que con sus coloristas cúpulas se ha convertido en el mejor icono de la ciudad.

El muro del Kremlin está interrumpido por el mausoleo de Lenin, embalsamado desde su muerte en 1924, pero sin el ceremonial que le acompañó durante décadas y  desapareció en 1993. Hoy un solitario soldado contempla las colas de turistas.

De ese pasado moscovita queda el Teatro Bolshói, la Armería Estatal, Kolómenskoye, Kuskovo, la Galería Tretiakov o el Museo Pushkin de Bellas Artes, entre otras cosas.

Vale la pena detenerse en la nueva Catedral del Cristo Salvador. La antigua tuvo un trágico destino, pues durante el régimen de Stalin fue destruida para construir allí un Palacio de los Soviets, de 415 metros de altura coronado por una estatua de Lenin de 100 metros de altura.

Aunque las obras llegaron a iniciarse, la llegada de la Segunda Guerra Mundial evitó su construcción. En la década de los 90 se construyó de nuevo la catedral siguiendo los planos originales.

El Mundial como referente

Pero Moscú quiere mostrar ahora su cara más moderna, más dinámica, más rica. Ha cambiado mucho en los últimos años y la celebración del Mundial de fútbol le dio una perfecta excusa para modernizarse aún más.

Los resultados han sido espectaculares, según nos reconocía Nikolai Gulyaev, antiguo campeón olímpico de esquí en los Juegos Olímpicos de Calgari y Jefe del Departamento de Deportes de Turismo de Moscú.

La Copa Mundial de Fútbol 2018 mostró la nueva faceta de Moscú a una gran cantidad de invitados. Durante la Copa Mundial 4,5 millones de personas visitaron Moscú, 2,3 millones de los cuales eran extranjeros y el resto rusos.

Para Gulyaev, “uno de los principales objetivos después de la Copa Mundial de Fútbol será utilizar de manera efectiva la infraestructura restante y el efecto de imagen de la Copa para aumentar los flujos turísticos y los ingresos del turismo en el futuro”.

La joya del Mundial es el estadio Luzhniki, escenario de la inauguración y de la final con capacidad para 80.000 personas.

Fue construido en 1956 como Estadio Central Lenin –todavía su estatura preside la entrada– y albergó los Juegos Olímpicos de 1980, la final de la Liga de Campeones 2008 o el Mundial de atletismo 2013. En su renovación se invirtieron 338 millones de euros.

Naturaleza en el centro de la ciudad

Tal vez uno de los lugares más representativos de ese nuevo Moscú es Zaryadye Park, inaugurado en 2017 en 13 hectáreas entre la Plaza Roja y el río Moscova que albergaron el hotel más grande de Europa, el Rossiya con 3.500 habitaciones, ordenado por Nikita Khruschev y demolido en 2006.

Los arquitectos Diller Scofidio + Renfro y los especialistas en paisajes Hargreaves Associates, de Nueva York, crearon una serie de edificios casi subterráneos, cubiertos por el enorme parque.

Hay un Centro de Conferencias y Conciertos, un Centro de la Naturaleza, un restaurante dedicado a los viajes espaciales, donde los saleros y pimenteros son cascos de cosmonautas de porcelana blanca. Otro espacio más informal ofrece comida de todo el mundo, anunciada por letreros de neón de jazz.

Fuera de estas construcciones interiores, el parque ofrece lo que Mary Margaret Jones, quien dirigió el diseño paisajístico de Hargreaves, llama “urbanismo salvaje”. Ella dividió el parque en cuatro zonas, cada una con una característica clave del paisaje natural y la fauna de Rusia: la tundra, la estepa, el bosque y los humedales.

Hay unos 800 árboles, incluidos el abedul, el pino silvestre y el alerce, y casi 900.000 plantas perennes que crean la instantánea de la geografía natural del país.

Pero sin duda lo que más llama la atención es una estructura con forma de bumerang que vuela sobre el río, sin llegar al otro lado y que ofrece a los visitantes vistas extraordinarias y nuevas formas de mirar hacia atrás al Kremlin y los dulces multicolores de la Catedral de San Basilio.

Un pulmón verde en la con frecuencia contaminada Moscú.

No es el único, de hecho el 42 por ciento de la superficie de la ciudad es verde. El parque Kolomenskoye, por ejemplo, fue una inmensa finca de recreo, a orillas del río Moscova, que sirvió de refugio a la aristocracia rusa y cuyo principal atractivo es el Palacio del Zar Alexei Mikhailovich, Patrimonio de la Humanidad.

Dentro hay edificios de madera traídos de toda Rusia, como la cabaña de Pedro el Grande. Se ofrece la oportunidad de pasear y conocer el entorno disfrazado de zar, o zarina, con ropajes que se ofrecen allí.

Rascacielos de antes y de ahora

‘Las siete hermanas de Stalin’ son otra idea grandiosa del dictador que en 1947, cuando la ciudad cumplió 800 años, ordenó construir ocho rascacielos para celebrar la efeméride y mostrar, de nuevo, el poder de la Unión Soviética.

Siete de esos rascacielos se construyeron en sólo diez años: el hotel Leningrado, el hotel Ucrania, el Ministerio de Asuntos Exteriores, el Edificio Administrativo de la Puerta Roja, la Universidad Estatal de Moscú, el edificio Kotelnicheskaya y el denominado ‘La Casa’, en la plaza Kudrinskaya.

El octavo, el Palacio de los Soviets, nunca vio la luz.

Aquellos característicos rascacielos, que parecen casi iguales, han sido superados ahora por el centro financiero y de oficinas, Moscow City, iniciado en 1992, que presume en la actualidad de una veintena de altísimos edificios con muchos otros proyectos de construcción en marcha.

Cuando concluyan las obras albergará hasta 300.000 residentes, empleados y visitantes.

La finalización de las líneas de metro y de una de alta velocidad con destino al aeropuerto permite que moscovitas y visitantes puedan acceder al nuevo centro de un modo mucho más sencillo.

Moscow City también se ha convertido en un punto de interés imprescindible para los visitantes que acuden en masa para admirar Moscú desde las plataformas de observación de algunos de los edificios más altos de Europa, como la Mercury City Tower o la Torre Federación.

Esta última, de 374 metros de altura y 95 plantas es el edificio más alto de Europa, al menos hasta que se termine el Lakhta Center de San Petersburgo. Curiosamente, en la última planta hay está la fábrica de helados “Clean Line”. Y aún más curioso, los ofrecen gratis.

El único inconveniente de este gran complejo que vale la pena visitar es que hay que atravesar Moscú en un tráfico siempre intenso y además caótico.

Autobuses, trolebuses, camiones y coches de gran tamaño y alta gama –Ferraris, Maseratis, Bentley, Mercedes, Audis, Volvos, BMW…– pugnan por el espacio. Lo único que no se ven son motos, tal vez el clima no las haga muy aconsejables.

Tal vez la explicación de la abundancia de vehículos es que la gasolina es muy barata y otra que la capital rusa es una de las más ricas del mundo. Se estima que es la que tiene más millonarios, con excepción de Nueva York. Los gigantescos anuncios luminosos de productos de lujo a veces ocupan fachadas enteras.

Las “joyas” subterráneas

Su Metro es la manera más fácil y fiable para moverse por la ciudad –cada día recorren las 234 estaciones y 14 líneas más de 9 millones de usuarios– y también uno de los principales atractivos turísticos, históricos y arquitectónicos de la capital.

Hay decenas de estaciones que merecen una visita, pero tal vez las más destacadas son “Kievskaya” con mosaicos dedicados a la vida de Ucrania, “Komsomolskaya”, con mosaicos en el techo, “Mayakovskaya”, ganadora de premios por su decoración, “Ploshchad Revolutsii”, con esculturas de trabajadores, soldados y ciudadanos corrientes, y “Chkalovskaya” una de las estaciones de nueva construcción, de diseño minimalista futurista.

También bajo tierra y convertido en uno de los recientes iconos de la ciudad es el llamado Bunker 42, un lugar donde Stalin se refugió y daba las órdenes durante la Segunda Guerra Mundial y que cobró un papel destacados en la década de los 50 durante la Guerra Fría.

El Bunker 42 (antiguo ZKP “Tagansky” o GO-42) se encuentra a una profundidad de 65 metros (18 pisos) bajo tierra en el centro de Moscú cerca de la estación de metro Taganskaya. En 2006 fue vendido en una subasta y ahora está en manos privadas convertido en un museo de la Guerra Fría. En sus 7.000 metros cuadrados podían vivir cerca de 600 personas en barracones y salas de comunicaciones.

Durante la visita, un tanto claustrofóbica, se pueden conocer los detalles del funcionamiento del búnker y de todo el entramado de túneles que lo forman. Un museo muestra objetos y cuadros de aquella época. El más representativo es el primer modelo de bomba nuclear soviético.

También es posible armar y disparar sin balas el famoso fusil de asalto AK-47, practicar juegos interactivos como pistolas láser o Apocalypse Zombie, y actividades menos violentas como cenar en su lujoso restaurante o utilizar sus salas con capacidad hasta para 1.000 personas.

Vale la pena mencionar una de las muchas fiestas que la capital ofrece, el llamado festival “Circle of Light”, un evento anual que tiene lugar al comienzo del otoño, en el que diseñadores de luz y expertos en el campo del arte audiovisual transforman el aspecto arquitectónico de la ciudad.

Durante unos pocos días de otoño, Moscú se convierte en el centro de atracción de la luz, sus edificios icónicos se muestran con coloridas proyecciones de video a gran escala, fabulosas instalaciones iluminan las calles y fantásticos espectáculos multimedia con luz, fuego, láseres y fuegos artificiales.

En la ceremonia inaugural de 2018 se invirtieron 1,2 millones de dólares y participaron expertos de 30 países.

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