Buenos Aires, mas allá del tango y la milonga

Buenos aires se piensa en femenino, acaso por ello es una de las ciudades más cantada por sus poetas y reverenciada por sus porteños, expresión terminal de todos los sueños y más que un lugar geográfico representa un paisaje interior, una necesidad del alma, un estado de ánimo.

Aún hoy, con las convulsiones económicas, la escalada del dólar y su impacto en la caída del PIB, con una deuda pública que puede llegar hasta el 81 por ciento a finales del año, la ciudad continúa su ritmo frenético, acentuada por el ajetreo de las compras navideñas, aunque limitadas por el alza del costo de la vida que a todos preocupa, desde taxistas hasta ejecutivos de banco.

Aquí el viajero asiste al espectáculo inusitado de una urbe en plena primavera austral en noviembre, que a mediodía puede llegar a 30 grados Celsio, engalanada con los atributos navideños y los míticos Papá Noel y Santa Claus que hacen guiños desde todos los comercios.

Ciudad con tintes europeos, un poco me recuerda a Madrid, y al pasear por sus arterias principales, los edificios majestuosos de corte clásico, el ajetreo mañanero y la prisa febril de los paseantes me recordaban la Gran Vía en la capital española, aunque un porteño diría con orgullo que es Madrid la que quiere parecerse a Buenos Aires.

Desenfrenada y caótica, todas las ciudades se le parecen pero ella, por una hechicería singular, no quiere parecerse a ninguna.

Descubrirla en sus recovecos íntimos, sus personajes, sus sobreentendidos y sus humores no es tarea sencilla, pero el viaje exploratorio resulta fascinante para el extranjero que  comparta socialmente con sus ciudadanos.

Tal vez por ahí mismo anda el secreto del encanto multinacional de esta urbe devoradora, pues sus prototipos de habitantes fueron hijos de la inmigración, horneados en la España y la Italia de las primeras décadas del siglo.

Segunda fundación

Fue entre 1890 y 1950 que el desarrollo económico de la región de las pampas, unido a las consecuencias de dos guerras mundiales, favorecieron la emigración de unos tres millones de italianos, españoles, alemanes, polacos y rusos, quienes modificaron radicalmente la estructura étnica de la nación.

Tambien dieron a su español ese acento inconfundible, cuyas peculiaridades fonéticas y de entonación se deben en gran parte a la mezcla de la herencia italiana con el lenguaje gauchesco.

Esa segunda fundación después de la colonia inicial produjo un crisol de nacionalidades y etnias  modelador del argentino actual, en una amalgama de matices peculiares impuestos por su clima, su entorno geográfico y una herencia europea trasplantada y modificada en las latitudes australes de Latinoamérica.

San Telmo

Para los genetistas, el misterio tal vez radique en las fórmulas matemáticas que definen las espirales del ácido desoxirribonucleico o ADN, transmisor de los caracteres de la herencia, multiplicado y mezclado durante siglos con el medio ambiente de este país singular.

Para los poetas, quizá provenga del refinamiento en la visión de las artes filtrado a través de las centurias desde la lejana Europa, que hicieron eclosión en la maravilla musical del tango, en sus aportes al cine y a la literatura universal.

Los economistas hablarían de la ductilidad para el trabajo fino, la habilidad para el comercio y la potencia arrolladora que conquistó la Pampa, se apoderó de las características indómitas del gaucho -otra mezcla de razas, entre amerindios y españoles- y creó las grandes estancias ganaderas que dieron al país lugar cimero en la producción mundial.

De Caminito a la Boca

Sin embargo, Buenos Aires es todo eso y mucho más, y hay que andar con el ojo alerta para que sus sutilezas y contrastes no escapen a la pupila periodística, deslumbrada por un bien desarrollado esquema turístico; y aunque son múltiples los sitios de interés, intentaremos dar unas pinceladas a vuela pluma de los más renombrados.

Un paseo por esta ciudad ciclópea nos lleva inevitablemente a la Boca, barrio portuario fundado por genoveses, con sus conventillos de lata y la policromía que le otorgaron sus antecesores artísticos, como en el famoso Caminito, hoy apenas tres cuadras con una exposición a cielo abierto del arte y del tango.

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Caminito. Buenos Aires

En el área también quedan todavía algunas bulliciosas cantinas italianas,  donde se pueden encontrar ancianos dignos de una novela de Alberto Moravia que aún saludan con un “Buona Sera” y hablan el  lunfardo, la vieja jerga del puerto preñada de voces extranjeras, principalmente del italiano, mientras tararean al compás del bandoneón bajo la mirada melancólica de un retrato del Pibe inmortal.

Por su parte, los gallegos dejaron su impronta en la avenida de Mayo, una bella arteria céntrica en la  que bullen el jerez, la zarzuela, las paellas y toda la sal de España, transportada al nuevo mundo como por arte de magia, bajo el imprescindible telón de fondo que le otorga su base arquitectónica de principios de siglo.

La Recoleta y su cementerio

En el barrio de la Recoleta, cercano a la costanera, uno de los más elegantes de Buenos Aires, se descubre un escenario francés que rememora los follies de la Place Pigalle parisina.

Decenas de restaurantes de mesas extendidas sobre las anchas aceras, junto a fondas de comida italiana, griega y de cuanto rincón de la tierra tiene tradición culinaria.

Aquí la agitación continúa toda la noche y no faltan encantadoras muchachas muy ligeras de ropa que reparten volantes e invitan con mirada insinuante a  visitar los clubes de strip-tease.

Allí terminamos una noche un grupo de periodistas, en la peregrina ocupación de observar Saturno por el telescopio de un aficionado que recolecta fondos para su asociación.

La primavera austral es fría en la madrugada, y el astrónomo parece un esquimal embutido en una abrigada campera intentando captar usuarios, pues en esta hora insomne, el porteño parece más dispuesto a las diversiones terrenas que a los asuntos del cielo, aún en esta ciudad que de noche parece transpirar su ensueño con trozos de firmamento.

En contraste, una de las principales atracciones de la Recoleta, aunque parezca increíble, es el cementerio, por los mitos y leyendas que rondan en algunas de sus tumbas, donde descansan los cuerpos de famosos personajes como Eva Perón. El Museo de Bellas Artes, ubicado también en Recoleta, merece una visita.

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Cementerio Recoleta
Palermo y San Telmo

En contraste con la agitación del llamado microcentro, Palermo tiene una onda suave y relajada, pues  atesora el verde de sus bosques y la belleza de sus pequeños lagos, una finca verde y mansa en plena ciudad, descanso para la agitada rutina diaria del porteño.

Es también la patria chica de Jorge Luis Borges, según cuentan, quien tal vez por eso evocó a Buenos Aires como una ciudad instalada en la imaginería mucho antes de lo real maravilloso y el realismo mágico en la literatura de García Márquez y Alejo Carpentier, desde la plaza Francia y sus tiendas de artesanos, el jardín japonés y el patio andaluz, lugares de visita obligatoria reveladores de ese cosmopolitismo que elude todas las barreras.

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Palermo, Buenos Aires

Lindante con el centro de la ciudad está el barrio de San Telmo, uno de los más bellos de la ciudad, con el mismo indefinido encanto de la Lisboa antigua, un Abril en Portugal resucitado en pleno noviembre, en su bien preservada arquitectura colonial, bajo la luz de la luna y el son del candomble y la milonga repicando  en el reflejo mágico de su empedrado.

Allí aún perdura en cantinas y tabernas el principal refugio del tango, con leyendas contadas a ritmo de bandoneón, malevaje y duelo furtivo; historias de un pasado siempre presente con esquinas místicas que albergan los fantasmas de la melancolía existencial de aquél porteño arquetípico, un poco forjado en la nostalgia de viejas melodías arrabaleras.

San Isidro, los nuevos ricos.

Más allá del centro de la ciudad, el barrio de San Isidro parece una postal de villas inglesas, y uno cree estar en un escenario del jet-set norteamericano, entre tanta casa de imagen próspera con limosinas y yates a remolque aparcados frente a las residencias.

Es la aristocracia porteña, los dueños de los bancos y las industrias, los millonarios y los artistas famosos, que parecen arrojar la insolencia de su riqueza ante un ciudadano común que lucha diariamente a brazo partido por mantener su nivel de vida ante el alza de los precios y siente que pierde poco a poco la partida.

Los nuevos tiempos de la inmigración erigieron también en los últimos años pequeñas ciudades con códigos propios inmersos en el fragor general de la gran urbe.

Así, en el barrio de Flores, antes de los más distinguidos de Buenos Aires, sobre el sur se instalaron los inmigrantes asiáticos.

Hijos cosmopolitas del milenio -exilados por motivos tan diversos como sus nacionalidades- se niegan a homogeneizarse en el caldo de cultivo porteño, siguen utilizando su propio idioma y afincaron sus propios templos y restaurantes, convirtiendo la zona en una curiosidad etnológica, lo cual no impide que muchos tengan pequeños comercios en el Once -barrio de mayoristas y mercancías baratas- donde venden miles de chucherías importadas de Taiwan y Singapur.

Sin embargo, más allá del tango, la milonga y los encantos de esta ciudad que nunca duerme, de los comercios -repletos de mercancías y faltos de clientes por la escasez de dinero- y la extravagancia de los millones de automóviles para los cuales no alcanzan los parqueos de precio astronómico, Buenos Aires oculta otras historias singulares que a menudo no llegan a las primeras planas de los periódicos.

La otra Buenos Aires

Buenos Aires también es la historia de Mello, italiano emigrado en los años 50 con los bolsillos vacíos y el corazón repleto de esperanza.

Cuarenta años después, Mello está a punto de jubilarse pero su bolsa sigue vacía y la esperanza agotada, así como el sueño de regresar al terruño para ver a su anciana madre antes de morir.

Pero en un gesto discordante con tiempos en que cada cual se guarda para sí lo que tiene, sus compañeros de la fábrica hicieron una colecta en la cual durante meses cada uno donó algo de su exiguo salario, para que Mello pueda regresar a Italia.

Testimonio de una solidaridad insólita, esta historia verídica contrasta con otras que llenan los noticieros, porque Buenos Aires también es la ciudad de dos jóvenes que ese mismo día intentaron asaltar un comercio a punta de pistola.

El dueño -como en los filmes de Clint Eastwood- echó mano de un magnum 44 y se lió a tiros con los delincuentes. Saldo: dos heridos y un muerto, nuevas víctimas para la ola de violencia diaria.

Sí, esta también es Buenos Aires, aunque tales detalles de la posmodernidad no salgan en los panfletos turísticos, pero los móviles satelitales de la televisión recorren la urbe en busca de noticias, matizadas por escándalos de corrupción en historias espeluznantes capaces de provocar la envidia de un Lucky Luciano o un Al Capone.

Calle de Buenos Aires

Buenos Aires también es la ciudad donde aún se lloran crímenes sin nombre, de las madres de la plaza de Mayo, tan turística como luctuosa,  de las calles adoquinadas donde aún parece escucharse el ominoso repiqueteo de las botas militares, de los desaparecidos y los enterrados sin cruz ni lápida, de un pasado siempre reciente y nunca totalmente perdonado..

En fin, Buenos Aires es una ciudad de ciudades, diferente a todas las de esta América nuestra, con todo el encanto, los vicios y las virtudes de una gran capital europea -incluyendo el costo astronómico de la vida, más digno del Viejo Mundo que del Nuevo.

Porque mucho ha llovido sobre el Río de la Plata desde que en 1536 el adelantado Don Pedro de Mendoza fundara un campamento de colonos llamado “Nuestra Señora del Buen Aire”, dos veces destruida y restaurada, para convertirse al cabo de los siglos en esta formidable capital desarrollada de un país todavía subdesarrollado, porque ya los economistas adelantan que preocupa lo que pasará en el 2019, cuando la liquidez del país pueda irse por el tragante.

Sin embargo, hay cosas que no cambiarán.

Buenos Aires seguirá siendo, imprescindiblemente, la madre y dueña del sonido asmático del bandoneón, de Gardel y Piazzola, de la nostalgia y la milonga.

También la ciudad que es preciso conocer para aprender a quererla y admirarla, la que se adentra en el milenio con una mezcla de temor y esperanza, mientras sobre su ambiente cosmopolita flota como siempre, el aire del viejo tango inmortal.

TurismoPlus.org / Fotos: Unsplash y Pexels.

Richard Potts

Richard Potts

Periodista. Corresponsal en Madrid.

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